
EL PRIVILEGIO DE LA SALUD
22 de mayo de 2020

Ilustraciones de María Lumbreras y Rafaela López
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Cuando muchas de nosotros pensamos en nuestros privilegios, lo más sencillo es pensar en que pudimos estudiar, aprender, y luego encontrar trabajos. No obstante, no siempre pensamos en cuántas de nuestras posibilidades están también condicionadas por privilegios más sencillos, como no tener que trabajar desde los 12 años o saber lo que es la alimentación balanceada.
Hoy, en medio de esta pandemia global, sabemos que cualquier persona puede contagiarse de coronavirus, pero la experiencia en otros países ha revelado que no todas estamos igual de expuestas y que tampoco somos igual de vulnerables ante el nuevo virus.
Con todo esto en mente, para este artículo de Viral, quisimos explorar las tres enfermedades que sabemos que más afectan a las personas con coronavirus –– diabetes, obesidad e hipertensión –– para así entender qué tipo de desigualdades sociales afectan la probabilidad de una persona de desarrollarlas y controlarlas.
La relación entre hipertensión, obesidad y diabetes
Antes de comenzar, quisimos entender un poco sobre las tres condiciones. Sabemos que la hipertensión, la obesidad y la diabetes están correlacionadas, pero la Doctora Ana Estudillo, que trabaja en el Centro de Salud y Nutrición del Instituto Nacional de Salud Pública, explica que la relación entre diabetes y obesidad no es tan clara como entre obesidad e hipertensión.
“Comúnmente se cree que la obesidad está muy relacionada con la diabetes, pero eso depende de qué tipo de diabetes. La diabetes tipo dos es la que está asociada con la obesidad. La diabetes tipo uno, la que ahora estamos encontrando en niños y jóvenes, tiene más un componente genético que puede estar determinado por el contexto. Es decir, si tu papá o mamá desarrollaron diabetes tipo dos, ahí sí por un tema de obesidad, tú puedes desarrollar diabetes tipo uno aunque no seas obeso ni comas mal”.
Asimismo, Olivo Iglesias, médico y profesor de salud pública comenta:
“La relación entre obesidad e hipertensión es una cosa meramente mecánica. Hay mucho peso, hay más tejido al que llevar sangre, entonces el corazón tiene que esforzarse más para transportarla. La diabetes tipo dos es la que sí está directamente relacionada con nuestros hábitos alimenticios, con el refresco y los gansitos.”
Las personas con poca escolaridad que viven en zonas
urbanas son más propensas a la diabetes o la hipertensión
Sabemos que nuestra condición socioeconómica puede tener efectos importantes en muchas de nuestras oportunidades y metas, pero ¿cómo puede relacionarse nuestro género, escolaridad o nivel socioeconómico con la probabilidad de desarrollar diabetes, hipertensión u obesidad? Para ver qué tipo de determinantes sociales se relacionan con estas tres enfermedades, exploramos la relación entre escolaridad y los tres padecimientos.
Si utilizamos la escolaridad de las personas mayores de 25 años como una especie de proxy de su ingreso y vemos cómo se distribuyen las enfermedades por nivel de escolaridad, veremos que, en general, aquellas personas que llegaron a niveles bajos de escolaridad son más proclives a tener diabetes o hipertensión. Mientras el 35% de las mujeres que estudiaron hasta primaria o menos tienen un diagnóstico de hipertensión, sólo alrededor del 19.5% de las que tienen secundaria tienen el mismo diagnóstico. Mientras el 15.3% de los hombres que tienen primaria reporta tener diabetes, sólo el 7.5% de quienes tienen licenciatura reportan lo mismo.

Al separar a la población según si habita en una localidad urbana o rural, veremos que, al menos en estos términos, la población rural es más sana que la población urbana y que la población urbana con bajos niveles de escolaridad es especialmente vulnerable. Mientras el 32.5% de las personas en localidades urbanas con escolaridad hasta primaria reportan tener hipertensión, el 24% de sus contrapartes en localidades rurales reportan lo mismo.

En el caso de la diabetes y la hipertensión, vemos un efecto de la escolaridad que no está necesariamente relacionado con la edad. Si dividimos hombres y mujeres según su edad y escolaridad, veremos que, conforme cumples años, más probable es padecer ambas enfermedades. No obstante, es aún más probable si tienes un nivel de escolaridad bajo, como si la diabetes y la hipertensión fueran la consecuencia de una mala alimentación, del desgaste físico o del estrés que genera el vivir con ingresos limitados e insuficientes.


Sobre esto, Iglesias comenta:
“La relación entre hipertensión y escolaridad a esa edad puede tener que ver con el estilo de vida que se llevó. Claro, una persona que no pudo estudiar mucho y en cambio desde chico está chambeando ha generado mecanismos que lo dañan mucho más rápido que una persona que pasó los primeros 18 años de su vida yendo a la escuela nada más.”
En la obesidad, la relación con la pobreza es inversa
La relación tan clara que vemos entre baja escolaridad y diabetes e hipertensión, no es tan clara en el caso de la obesidad. Entre mujeres, prácticamente un tercio de la población es obesa independientemente de la escolaridad. En los hombres la relación es inversa y entre más alto el nivel de escolaridad, mayor el porcentaje de obesidad. Además si colocamos el porcentaje estatal de obesidad en el eje horizontal, y el porcentaje estatal de pobreza en el eje vertical, veremos esta relación. Y es que, como vimos previamente, la obesidad también es más común en zonas urbanas, que son menos pobres que las rurales.

Que exista más obesidad en grupos privilegiados tiene probablemente que ver con el tipo de trabajo que desempeñan las personas con baja escolaridad que, sobre todo para hombres, puede implicar tareas más físicas y extenuantes. Si vemos las mismas tres enfermedades según ocupación, veremos que los obreros y jornaleros son menos proclives a tener obesidad, diabetes e hipertensión que quienes tienen otro tipo de empleos.

Además, si también vemos la actividad física que las personas realizan según su escolaridad, veremos que mientras en localidades urbanas los hombres con escolaridad menor a primaria realizan alrededor de 21 horas semanales de actividad física moderada o rigurosa, los hombres con licenciatura realizan sólo siete. Existe una clara brecha de género en este aspecto, pero esa brecha se acentúa en niveles bajos de escolaridad y desaparece, en el caso de las localidades urbanas, a partir de la preparatoria.

Nuestros hábitos alimenticios también están condicionados por nuestra situación socioeconómica. Al hacer una revisión de los alimentos que consumimos también cortado por escolaridad y tipo de localidad, veremos que varios de los alimentos más recomendados, como frutas, verduras y lácteos, son ligeramente más consumidos por personas con escolaridad más alta.

“Si me preguntas a mí, creo que puede haber una relación entre buena alimentación y nivel educativo. No porque en la escuela recibas educación nutricional, sino porque ahí adquieres herramientas para poder tomar mejores decisiones en alimentación y salud.”, apunta Iglesias.
Estudillo comenta “El consumo de alimentos que son baratos es un tema de costo-
efectividad calórica. Tenemos un par de estudios que comprueban que en términos de pobreza las personas tienden a consumir más alimentos ultra procesados y a tener una dieta menos saludable.”
“Sobre el hecho de que la obesidad se distribuya de forma distinta a la hipertensión, Iglesias consideró que la obesidad, aunque esté presente en todas las clases sociales, no es necesariamente igual. “Yo tengo un amigo que es obeso, y lo es porque come mucho, no necesariamente por comer dulces. Desde luego, no es lo mismo una obesidad con base en una alimentación balanceada que una que sólo dependa de alimentos procesados o dulces. No es la misma obesidad la de Santa Fe que la de Cuajimalpa y tienen consecuencias bioquímicas distintas.”
Además, el control que se puede tener de la obesidad y de las enfermedades como hipertensión o diabetes, también se ve afectado por condiciones socioeconómicas. Se ha estudiado que niveles bajos de educación son asociados con tasas más bajas de conciencia, tratamiento y control de la hipertensión. Igualmente, se ha encontrado una asociación directa con el control glucémico de pacientes con diabetes y determinantes sociales como el acceso a la atención médica y procesos de atención.
Lo que indica que, si bien los factores socioeconómicos son importantes para el análisis de la población, también lo son para el control y tratamiento de enfermedades y nos ayudan a explicar en estos tiempos de pandemia, cómo es que ciertas zonas son más vulnerables que otras.
“Es muy distinto también el control al que puede llegar un paciente con diabetes dependiendo de su condición social y económica. No solamente es un condicionante para adquirir la enfermedad sino para sobrellevarla, y cuando son enfermedades crónicas y degenerativas, esto se vuelve una bola de nieve que te va incapacitando”, apunta Iglesias.
Acabar con el “echeleganismo” corporal
En nuestro contexto individualista actual, es muy sencillo creer que la gente se enferma o engorda solamente porque decide no cuidarse lo suficiente, pero los datos indican que hay una relación muy clara entre niveles de escolaridad y enfermedades como la hipertensión o la diabetes, y con una alimentación pobre. Los privilegios que nos moldean no sólo nos permiten acceder a mejores trabajos o entrar a buenas escuelas, los privilegios moldean incluso nuestra capacidad para elegir una dieta balanceada, el desgaste físico que hemos tenido a lo largo de nuestra vida y la capacidades de nuestros cuerpos para sobreponerse a las enfermedades. En el contexto actual, es fundamental visibilizar las desigualdades que nos hacen más o menos vulnerables, y tomarnos en serio las consecuencias que tienen en nuestros cuerpos. Sólo desde un profundo entendimiento de estas condiciones estructurales podremos proteger a quienes hoy son más vulnerables ante la pandemia –– clases urbanas con baja escolaridad ––. Es hora de dejar de juzgar y regañar a quien se enferma o engorda y de asumir que muchas de sus vulnerabilidades son consecuencia de un sistema que valora las vidas de forma diferenciada y no alcanza a proteger debidamente a todas. Sólo comprendiendo a fondo nuestras desigualdades podremos trabajar por cambiarlas y construir un mundo más justo y resiliente al final de la pandemia.
Nota metodológica
Todos los scripts para replicar este análisis están en esta carpeta
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